El público pagará antes por entretenimiento que por noticias

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Una de las características del problema de la salvación de los periódicos es que todas las opciones que se han probado hasta ahora giran en torno al mismo concepto: cobrar por el acceso a las noticias. El problema, como hemos dicho en alguna ocasión, es que es muy difícil cobrar por algo que se puede conseguir gratis en otro lado. La lealtad a la marca periodística, la costumbre por parte del usuario de consumir sus noticias de una determinada manera o simplemente la misma inercia que hace que el usuario sea reacio al cambio, son algunos factores por los que aún hay, y habrá durante un tiempo, personas que pagarán. Pero eso no va a durar para siempre. Aunque el número de gente que está dispuesta a pagar por acceder a las noticias está creciendo, no son suficientes para sostener la industria periodística tal y como la concebimos hoy. Y es que a la hora de pagar, hay una verdad muy simple, que no debemos cometer el error de pasar por alto: el público pagará antes por entretenimiento que por noticias.

Tomemos el caso de Netflix,con más de 40 millones de suscriptores, un número que empequeñece a las cifras de suscriptores de los diarios online del mundo, que ni siquiera sumando todos sus abonados podrían igualarla. Quizás sea una comparación injusta, dado que el negocio de Netflix está en el alquiler de DVD y el streaming de series y películas, pero elimina la comparación y quédate con el hecho objetivo: el público está dispuesto a pagar por el entretenimiento, pero no tanto por las noticias. ¿Por qué? Puede que por razones tan simples como que música y películas son formas de ocio que todos disfrutan, mientras que las noticias no; o que puedes ver una serie o escuchar un disco múltiples veces, algo que casi nunca ocurre con las noticias. Sí, son dos formas de expresión totalmente diferentes, pero el hecho es que la mayoría de los usuarios prefieren el entretenimiento a las noticias, por lo que no debe extrañarnos que cueste conseguir que paguen por ellas, incluso cuando son noticias de impacto o scoops de última hora.

[pullquote]Cobrar por el acceso a las noticias tiene el problema de que es muy difícil cobrar por algo que se puede conseguir gratis en otro lado[/pullquote]

Por eso los medios deben buscar otros elementos por los que puedan cobrar antes que por el acceso a las noticias: aplicaciones de pago para tabletas o smartphones, en las que la experiencia de la web se vea enriquecida; eventos y conferencias organizadas por el diario, donde los periodistas expertos del medio puedan compartir sus conocimientos y experiencia; visitas a la redacción, quizás instaurando algo parecido a un “día del lector”, parecido a las jornadas de puertas abiertas en el Congreso; e-books o incluso libros físicos, en los que recoger los grandes contenidos publicados a lo largo de los años; acceso a la hemeroteca del periódico, especialmente en los casos de diarios centenarios, cuyo archivo es un documento histórico de indudable valor; ediciones personalizadas tanto para empresas como para particulares, hechas posible gracias a los avances de la tecnología…

Todas estas posibilidades, y alguna que ni siquiera podemos imaginarnos, son aquellas por las que un usuario estaría dispuesto a pagar, pero no por el acceso a las noticias. Las noticias ya no son un monopolio del periodista y cobrar por poder acceder a ellas es muy difícil. Entre el ocio y la información, la información quedará casi siempre en segundo lugar; por eso, hay que buscar elementos en torno a la información, exclusivos y atrayentes, por los que los medios de comunicación puedan obtener ingresos. No habrá fórmulas mágicas y lo que funcione para un medio no funcionará para otro, pero lo que es seguro es que la preferencia del público no es por la información. Nunca lo fue, de hecho.

 

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El terremoto de las audiencias

 

Antes de que termine esta década, vamos a ver en primera línea un terremoto en las audiencias. Los sistemas de medición y los estándares que han funcionado casi sin cambios desde mediados del siglo pasado ya no valen para la nueva sociedad hiperconectada. Las audiencias masivas quedan para eventos muy concretos, normalmente espectáculos deportivos, pero para todo lo demás, entramos en segmentos de audiencia cada vez más segmentados y especializados, en las que ya no basta con saber tu edad y sexo, sino desde qué pantalla estás consumiendo el contenido.

La gran afectada por este terremoto va a ser la televisión. La famosa caja tonta que ha definido el siglo XX y cambió por completo los hábitos de varias generaciones se enfrenta a su mayor reto hasta el momento: aceptar que ahora es sólo una pantalla más entre todas las que tenemos para consumir contenidos, y no siempre la más importante, pues el consumo de datos en móviles cada vez es mayor.

Las redes sociales han hecho mucho para dinamizar la televisión y poder ver reacciones en tiempo real de los televidentes. Ya es una práctica común indicar hashtags en los diversos programas para poder unificar y medir la conversación. Las cadenas se pelean por conseguir trending topics y los antiguos espectadores se convierten en comentadores en tiempo real. La gala de los Goya, el festival de Eurovisión, el último Gran Hermano… cualquier programa puede crear una conversación a su alrededor, ya no tenemos que esperar al día siguiente en la oficina, podemos comentar al mismo tiempo que lo estamos viendo junto a miles de personas en nuestra misma situación.

Las series de televisión tampoco se libran de esta revolución. El caso de la recientemente estrenada House of Cards es un buen ejemplo. Estrenada en Netflix, ha roto por completo con todas las convenciones, poniendo a disposición de los suscriptores del servicio todos los episodios de la primera temporada de golpe, en un experimento cuyos resultados veremos con el tiempo, pero ya hay algo insólito: en ningún sitio vamos a ver datos de las audiencias de House of Cards.

Tal y como ha explicado Ted Sarandos, de Netflix, la empresa de streaming no está ofreciendo datos de audiencia, porque para ellos, el saber que un número x ha visto los episodios no es tan importante como saber cuál es el comportamiento de esos espectadores: qué es lo que ven, a qué horas lo ven, en suma, qué tipo de contenidos audiovisuales consumen. Es una auténtica mina de oro que puede cambiar el esquema tradicional de la publicidad en televisión, cuyo impacto está en mínimos históricos, al menos en España.

Y puede cambiarlo porque si antes las audiencias se medían únicamente en términos cuantitativos, con algunos pequeños matices diferenciadores de edad o género, el caso de House of Cards puede ser el primero en el que los estudios de audiencia sean cualitativos. Conocer si la gente ve toda la temporada seguida o se programa un capítulo semanal, si la ve entre semana o los fines de semana, o qué otras series sigues además de esa, son claves para poder presentar nuevos contenidos audiovisuales dirigidos a públicos especificos. Antes, el objetivo era llegar al mayor número de gente posible; hoy el objetivo es llegar a la gente adecuada, la que está dispuesta a pagar por tu producto. Y para eso, los viejos modelos de audiencia ya no valen.

 

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