El Huffington Post español no pagará a sus blogueros ¡Qué sorpresa!

Leo sorprendido las quejas y denuncias que se han producido tras el anuncio de Montserrat Domínguez de que el Huffington Post español no pagará a sus blogueros.  ¡Qué sorpresa!

Ya lo dije en Twitter. No sé qué esperaban pero yo, desde luego, en ningún momento pensé que fueran a pagar a los blogueros cuando no lo hace el Huffington americano. Y se ha llevado muchas criticas y denuncias por ello, pero tampoco ha ido engañando a nadie.

 

Podemos argumentar las razones por las que bloguear para otros es un trabajo, pero el hecho es que el HuffPo español no lo considera y no pagará por ello con dinero. Pero sí lo hará con exposición y visibilidad. Lo hablamos hace unos dias por aquí y me autocito: «Pocos de los que escriben en el HuffPo cobran un sueldo. La inmensa mayoría de los autores consiguen exposición y promoción para sus escritos, lo que lleva a otras formas de compensación, pero no un sueldo. Con sus defectos, es un modelo que funciona y que pronto llegará a España».

 

[pullquote]Visto el precedente americano, cuesta creer que alguien pensara que en España iba a ser diferente[/pullquote]

Habría que conocer las condiciones que ofrece el Huffington Post español y qué exige a sus blogueros para poder acogerlos. Quizás no sean condiciones tan draconianas pero eso en cualquier caso deberá valorarlo cada bloguero. Yo, por ejemplo, no me atrevo a decir que no lo haría sin conocer esas condiciones. Escribir en el HuffPo supondría un nivel de exposición imposible de alcanzar por mi cuenta, o al menos imposible de alcanzar en poco tiempo. En cualquier caso, en junio saldremos de dudas y veremos quiénes han pasado por el aro y cuánto tardarán en ser tachados de vendidos e insolidarios…

Las falacias de los defensores de la propiedad intelectual

El pasado sábado, el siempre excelente blog Nada es gratis publicaba este escrito de Jesús Fernández-Villaverde, y no puedo menos que aceptar el desafío de su último párrafo, y copiarlo para compartirlo con los lectores de EScomunicación. Aquí lo tenéis. Es largo pero merece mucho la pena (las negritas son mías).

Copyright sign made of jigsaw puzzle pieces separated

La verdad es que los pesados de los “derechos de autor” me tocan las narices cada vez más, por decirlo así de sencillo y de claro. No se que me molesta más: si su farisea moralina o su falta de conocimientos de economía.

Ayer Samuel Bentolila ponía un link a la columna en FT donde se hablaba de mi post con Luis sobre la consolidación fiscal y explicaba que si no salía, se pusiera el título del artículo en Google y que se iba a él. Alguien nos entró a protestar con el argumento que con ello fomentábamos la piratería intelectual. Cuando le respondimos que esto era una bobada, porque FT te deja mirar un número de artículos gratis al mes sin tener que pagar, primero nos dijo que a FT eso no le hacia gracia ya que quiere que uno se registre primero (lo cual es irrelevante; un lector, PVN, lo explica muy bien en otro comentario que además clarifica que nuestro protestón no sabe lo que es un caché) y segundo entró en una diatriba de cómo el sistema actual era fantástico, con afirmaciones tan peregrinas como “El sistema de derechos de autor en Occidente es hasta la fecha la mejor forma conocida de garantizar el crecimiento y la innovación.” Si uno se va a la página web de la asociación con la que firmaba el comentario (aparentemente no le apetecía dar su nombre verdadero, será que está protegido por algún copyright) se ven, además, las típicas acusaciones sobre robos y demás

Bueno, pues esto no es verdad, es solo una pila de falacias de un grupo de presión que quiere limitar el crecimiento económico.

Empecemos por el principio: ¿es violar la propiedad intelectual robar como roba un pirata? No. Esto es muy obvio una vez que se piensa un poco. Los economistas solemos distinguir entre los bienes rivales y los bienes no rivales. La diferencia se fundamenta en si el uso del bien por un agente económico impide a otro agente usarlo al mismo tiempo: si la respuesta es que sí, es un bien rival, si la respuesta es no, no lo es. Pensemos en una camisa: si yo me pongo una camisa, a la misma vez usted, querido lector, no se la puede poner (al menos que queramos hacer una escena de película de los hermanos Marx). En comparación, si yo estoy utilizando el teorema fundamental del cálculo, no impido a nadie que también lo use. Los 7000 millones de seres humanos podemos estar empleándolo a la misma vez y no pasa nada. Por ello, cuando yo le quito una camisa a mi vecino, le impido que la pueda seguir empleando. Cuando yo le copio a mi vecino su libro de macroeconomía, no impido que él lo pueda seguir usando. Por tanto, el bien bajo propiedad intelectual no me lo estoy apropiando.

Lo que sí que puedo estar causando es un perjuicio económico. Si el dueño del libro es su autor y yo lo copio, él sigue siendo el propietario del libro pero, por ejemplo, no me lo puede vender. Este daño no es un robo, es, como su propio nombre indica, un posible ingreso que se ha perdido.

Me dirá usted, entonces, que en realidad no hay tanta diferencia: que un robo supone la pérdida de un bien y la copia de un libro supone un lucro cesante. Sí y no. Sí, porque en ambos casos el agente sufre una pérdida. No, porque en el segundo caso lo que realiza es una perdida de potenciales ingresos futuros que nuestro sistema jurídico respeta en muchos casos. La mejor prueba de ello es la limitación temporal en los derechos de propiedad: la camisa es mía y lo será siempre. Si tengo descendientes, se la podrán ir pasando el uno al otro hasta el final de los tiempos cuando se caiga a cachos. En cambio, el derecho de propiedad intelectual expirará en un momento u otro. Es decir: que el derecho ya reconoce de manera bastante clara que estamos hablando de cosas muy distintas.

Pero pongamos otro ejemplo para ir más allá. Imaginémonos que yo, en vez de copiar el libro de macroeconomía de mi vecino, escribo uno mejor y le robo el mercado. El daño se lo causo igual: le quito los ingresos futuros. Esto es perfectamente legal. Sin embargo, si yo creo una nueva camisa, no impido a mi vecino que siga disfrutando de su camisa original sin problema.

La única conclusión lógica a la que se puede llegar, por tanto, es que el copiar una obra intelectual es un acto que no limita el disfrute de la cosa por su propietario pero que causa un daño económico en una tercera persona y que el derecho ha decidido limitar en ciertos casos. Robo, no es robo de nada. Daño al autor: sí, si efectivamente se pierde el flujo de ingresos.

¿Por qué protege el derecho la propiedad intelectual? Porque es necesario dar incentivos ex ante a los creadores de obras intelectuales. Estas se caracterizan por generar, casi en su totalidad, solo costes fijos, mientras que los costes marginales son casi cero. Pensemos en una película: el coste de la misma es filmarla (coste fijo), el coste de vender un DVD más de la misma es casi trivial. Si estuviésemos en un sistema donde copiar DVDs fuera gratuito, el precio de los mismos convergería rápidamente a su coste marginal (cero) y por ello, en principio (las cosas en realidad son más sutiles, por eso digo en principio) el creador nunca podría recuperar sus costes fijos, con lo cual no habría creación intelectual. El remedio que tenemos en occidente es dar un “monopolio” temporal al creador de la obra (o el que tenga el derecho en ese momento) por el cual si alguien vende DVDs de la misma película, se le aparecerá la Guardia Civil a hacerle cambiar de opinión. El monopolista entonces impondrá un precio superior al coste marginal, lo que genera una distorsión ex post.

Es decir: que el otorgar derechos de propiedad intelectual es únicamente un sistema de incentivos y por tanto carece de ninguna valoración moral, ni positiva ni negativa. Nadie tiene “derecho” innato y natural a la propiedad intelectual (sí que creo que tiene derecho al reconocimiento de ser el autor, pero nada más). La propiedad intelectual es simplemente un mecanismo de la sociedad para solucionar un problema. Es como poner una cañería en la casa de uno: por algún sitio tiene que ir el agua.

Y de la misma manera que uno puede diseñar distintas cañerías, existen diversas maneras de suministrar los incentivos adecuados. En particular, tenemos que recordar que el monopolio al que nos referíamos genera una distorsión ex post para generar los incentivos ex ante. Por tanto es sensato pensar en la posibilidad de mecanismos alternativos.

El primero es el mecenazgo, público o privado. Buena parte de lo mejor de la innovación en la historia de occidente ha venido del mismo, incluido la inmensa mayoría de la ciencia básica y de la tecnología moderna. Este post está escrito gracias la arquitectura básica de internet, Unix, C++ y Latex, todos ellos productos de este mecenazgo. La financiación (pseudo) pública nos ha dado Unix; la búsqueda de beneficios, Windows Vista.

El segundo son los premios. A lo largo de la historia los gobiernos han otorgado premios a aquellas personas que generaban una nueva idea (por ejemplo, un reloj particularmente exacto para la navegación). Muchos economistas como Michael Kremer han propuesto recuperar esta tradición y que los gobiernos anuncien, por ejemplo, un premio a la primera compañía que encuentre una vacuna efectiva contra ciertas enfermedades tropicales.

El tercero es el facilitar mecanismos de cooperación múltiple. Wikipedia es el mejor ejemplo posible: en vez de gastarnos un dinero tonto en una enciclopedia privada, tenemos ahora una pública que es varios órdenes de magnitud mejor.

El cuarto son todos los mecanismos de innovación competitiva que han permitido, por ejemplo, el crecimiento de Walmart. Buena parte de los procesos de negocios no están protegidos y pueden ser copiados libremente y sin embargo las empresas continuamente crean nuevos procesos.

Finalmente, y manteniéndonos dentro del sistema actual, se pueden cortar muchos de los excesos que el mismo tiene. Que un libro siga estando protegido 70 años después de la muerte del autor me parece sencillamente absurdo. Cualquier flujo de ingresos futuros descontados tan lejos en el tiempo a un tipo de interés sensato (pongamos el 4% anual) es trivial. La presunción es, en consecuencia, que estamos protegiendo en exceso a la propiedad intelectual. Quien tenga opinión contraria debe de suministrar evidencia: la carga de la prueba recae en aquellos que quieren el monopolio, no en lo que los queremos eliminar.

Dado que existen alternativas, la necesidad de reconfigurar nuestro sistema de propiedad intelectual es más importante que nunca. En un mundo digital los límites a la creatividad y a la experimentación, son tan difusos que, coartarla como intenta hacer buena parte de la industria con cosas como SOPA es una profunda equivocación. Vivimos en un momento en el que deberíamos de pecar de poca protección, no de protección excesiva. Daron Acemoglu lo explica mucho mejor que yo:

Para que no los sepan Daron es uno de los líderes actuales de la profesión económica. No se me ocurre nadie en su generación que haya contribuido más en temas de crecimiento económico o de la innovación.

Pero los ejemplos de gente que se ha sentado a pensar en este tema y han llegado a la conclusión de que nuestro sistema actual no tiene ni pies ni cabeza serían interminables así que solo voy a citar uno cercano a este blog: Michele Boldrin, que junto con David Levine, han escrito un magnífico libro al respecto. Lo mejorcito de la profesión, por tanto, es profundamente escéptica sobre el sistema de protección actual.

Son los defensores del sistema actual los que están en minoría en el mundo académico. Se aferran a una concepción anticuada de la innovación y lo que es peor, ni saben historia económica ni entienden los problemas de incentivos existentes. Y encima aderezan esa ignorancia con “moralina” de serie americana barata: “que si esto es robar”, “que si es piratería”, blah, blah. Zarandajas.

Así que querido lector: si usted es de los que les molesta el sistema actual y quiere luchar para cambiarlo, por favor adelante. Callemos con nuestros argumentos a una industria que quiere destruir nuestro futuro de innovación y crecimiento.

Pd. Y prediquemos con el ejemplo: copie este post masivamente, cuanto más mejor.

 

Se puede ganar mucho dinero sin cobrar nada

Hasta hace bien poco, lo habitual era que todo tiene un precio y que todo puede comprarse. Hoy, y cada vez en más sectores, es más fácil ofrecer tu servicio de forma gratuita para obtener beneficios mucho mayores de los que conseguirías cobrando.

Seguramente tengas un correo en Gmail, Hotmail o Yahoo tanto para tus necesidades personales como profesionales y no has pagado por él. Cada vez que utilizas Google para buscar información, no aparece en tu tarjeta de crédito. No hay ningún contador que te cobre por las veces que usas Twitter. Cuando entras en Facebook no tienes que abonar ninguna cuota. Consultar Wikipedia no te cuesta nada. WordPress no te pasa la factura a fin de mes. Flickr no te cobra por almacenar tus fotos y Dropbox tampoco por guardar tus archivos.

Se puede ganar mucho dinero sin cobrar nada.

 

Lecturas 2.0 esenciales: Public Parts, de Jeff Jarvis

Haz clic para acceder a la versión inglesa en Amazon.es. No hay versión en castellano por el momento.

El libro Public Parts de Jeff Jarvis es el primer estudio medianamente serio que he leído sobre lo privado (privacy) y lo público (publicness) en la era digital, y cómo lo uno no excluye a lo otro, sino que son interdependientes. Es imposible definir lo privado sin examinar lo público y viceversa. Jarvis explica que ya estamos viviendo nuestras vidas de forma cada vez más pública, compartiendo nuestros pensamientos, fotografías, vídeos, lugares, compras, recomendaciones y mucho más en Facebook, Twitter, Flickr, Youtube, Foursquare y otras plataformas creadas por empresas que basan su razón de ser en compartir. Por eso, el debate sobre qué es privado y qué es público será uno de los más importantes de los próximos años.

La tecnología ha cambiado nuestra forma de ser, y como nos encontramos en esta época de cambio de paradigma, hay mucha resistencia al cambio y miedo a lo desconocido. ¿Qué cosas necesitamos mantener privadas y por qué? ¿Cuáles son las raíces de nuestro temor a perder la privacidad? ¿Cómo relacionamos las diferentes visiones de la privacidad que cada persona tiene? Son preguntas que todos debemos empezar a tener en cuenta. Al igual que en la vida real, en internet cada persona debe poner sus propios límites a lo que quiere compartir con los demás, pero también tiene que sopesar las oportunidades que se pueden perder si no se es público, como recuperar amistades o hacer nuevas relaciones y contactos profesionales.

No sólo las personas deben hacerse estas preguntas. Los gobiernos también han de decidir sobre lo privado y lo público. Jarvis afirma, y yo coincido con él, que los gobiernos deben ser públicos por defecto y privados sólo por necesidad. Hay muchas razones para que haya información restringida bien sea por seguridad, por investigaciones criminales o por cuestiones diplomáticas. Todo lo demás tiene que ser público, es nuestra información. Pero los gobiernos no actúan así, y por eso surgen nuevas especies como Wikileaks, contra los que el status quo puede luchar, pero no prevalecer. Clasificar más información como secreta no es la respuesta, porque cuánto más secretos ocultas, menos confiable eres para decidir qué es secreto. La transparencia en la vida pública es la mejor estrategia.

Al igual que los gobiernos, también las empresas deben valorar los beneficios que les supondría ser más públicas.  Imagina una empresa que escuchase a sus clientes y que colaborase con ellos para que le ayudaran a diseñar los productos. Esa colaboración en el diseño daría a la empresa un producto con una demanda certificada, lo que estabilizaría las ventas y eliminaría los riesgos que siempre supone lanzar un nuevo producto. Además, la imagen de la marca cambiaría, transformando a la empresa en la compañía que convierte a sus clientes en socios. ¿Como consumidor, quien no elegiría a una empresa así? En un mundo enlazado y una economía basada en relaciones, el aislamiento sale muy caro.

Newspapers B&W (3)

Public Parts para los periodistas

En lo que al periodismo se refiere, Jarvis (que es profesor de periodismo en la City University de Nueva York) habla de la diferencia entre el trabajo periodístico como producto finito y el trabajo periodístico como proceso inacabado. Si anteriormente todos los productos periodísticos tenían un principio y un fin en el espacio y en el tiempo, hoy eso ya no es así. La noticia digital nunca muere, es un proceso continuo con múltiples autores en el que los periodistas no son ya los dueños únicos de la información.  El periodismo del futuro estará en una continua fase beta, mejorándose y reinventándose a cada momento.

La profesión periodística se enfrenta a un proceso de transformación, dentro de una crisis económica que coincide con el paso de una economía industrial a una economía digital en la que la información es la nueva moneda. Y ante estos cambios, sólo hay dos posibilidades: resistirse, lo cual es inútil, o intentar entenderlos y aprovechar las oportunidades que representan. Las empresas periodísticas harían bien en construir su futuro digital antes que proteger su pasado impreso. 

El problema para las empresas periodísticas es que la vieja arquitectura de sus mercados ha sido barrida por la red y la transparencia que exige. Los medios solían construirse sobre marcas. Para conseguir contenidos, accedíamos a esa marca y comprábamos su publicación o veíamos su programa. Eso daba el control al propietario del medio, pero ahora esa relación se ha invertido.

Ahora todo empieza en el consumidor, que se hace una pregunta. Y ante la sobreabundancia de información en que vivimos, la industria de la búsqueda, personificada en Google, es la que encuentra las respuestas. Si tu contenido está ahí con la respuesta (que puede ser el resultado de un partido o la última noticia sobre sobre un suceso), estupendo. Si no lo está, es como si no existieras.

Después llegó una fuerza más poderosa que las herramientas de búsqueda: nosotros. Nuestros enlaces a través de Twitter, Facebook, blogs y otras herramientas sociales desafían el poder del propio Google. El contenido no es la clave, la distribución tampoco. Las relaciones son la clave, y esas relaciones y cómo se construyen, cuáles son públicas y cuáles son privadas, serán lo que determine nuestro futuro.

En resumen, el libro de Jarvis es una mirada muy necesaria a las nuevas realidades que provoca el cambio tecnológico, planteando muchas preguntas y respondiendo algunas de ellas. Quiero terminar este post con una cita del mismo, que creo lo resume perfectamente (la negrita es mía).

Internet, ordenadores exponencialmente más rápidos, almacenamiento de datos cada vez más barato, bases de datos mayores y más eficientes, tecnología móvil, cámaras en cada esquina y cada mano y en el cielo, notación geográfica de la información, redes sociales y plataformas omnipresentes de publicación hacen posibles formas completamente nuevas de recopilar y compartir información. Y pueden ocurrir cosas malas. Es sabio y prudencial considerar esa posibilidad y prevenirse contra los peligros, como proclama el ejército de partidarios de la privacidad. Pero esas nuevas tecnologías también representan nuevas oportunidades, que podríamos perder si estamos demasiado ocupados construyéndonos un bunker.  

La historia de la empresa que no supo adaptarse: Kodak y sus lecciones para la prensa escrita

No more fairy tales

Érase una vez, hace mucho tiempo, una empresa que era la más importante de su sector. Tenía miles de empleados y oficinas en los países más importantes del mundo y sus productos eran usados por millones de personas en todas las partes del planeta. La vida era buena y feliz para la empresa, pero un día ocurrió una cosa: La tecnología cambió la forma en que sus clientes usaban sus productos. Ya no gastaban su dinero en productos físicos, sino que empezaron a usar ordenadores para archivar esa información. Los productos físicos eran sustituidos poco a poco por productos virtuales. Y la empresa, que había construido su modelo de negocio en la venta de sus productos físicos, comenzó a tener pérdidas.

Primero, achacó las pérdidas a una moda pasajera. Después, pensó que era una tendencia minoritaria. Finalmente, se rindió a la evidencia. Los avances de la tecnología habían hecho que sus productos, el corazón y razón de ser de su empresa, fueran obsoletos. Pero la empresa no supo reconocer su error y, en vez de buscar maneras de sumarse a la nueva realidad, en la que los productos virtuales eran mucho más numerosos y baratos que los físicos, intentó por todos los medios mantener las cosas como estaban. Campañas de publicidad, nuevos productos físicos que intentaban hacer sombra a los virtuales, incluso presionaron a los gobiernos para que legislaran a su favor. Todo sin resultado, hasta que la empresa dejó de ser importante y sus productos ya no los compró nadie…

Este pequeño cuento puede aplicarse a muchas empresas e industrias incapaces de asimilar el cambio de paradigma que estamos viviendo. El caso de Kodak es quizás el ejemplo más claro y sangrante de cómo una empresa de productos físicos ha sido incapaz de adaptarse a la era de los productos virtuales. En lugar de ver la fotografía digital como el futuro, lo vieron primero como una amenaza y luego como un negocio secundario dentro de su todopoderosa maquinaria, dedicada a la fabricación de rollos de película. Lo que fue el puntal de una industria que movía millones se convirtió con el tiempo en un lastre, a medida que los consumidores y profesionales abrazaron la fotografía digital. Y no hace falta ni nombrar el impacto que supusieron los móviles con cámara integrada.

Lo digital está sustituyendo a lo físico y no sólo en el mundo de la fotografía. El error de Kodak fue identificarse con los rollos de película y no con las fotografías. En lugar de capitalizar el concepto del momento Kodak, se dedicó a ser el primer fabricante de película del mundo, un negocio que se volvió obsoleto y ha arrastrado a la compañía a la bancarrota. Y esto mismo está ocurriendo con los medios de comunicación, particularmente el sector de la prensa.

En lugar de buscar nuevos modos de conseguir beneficios en internet, están buscando métodos para seguir exprimiendo el periódico físico que, cada vez es más evidente, está a punto de desaparecer. Dentro de la profesión nadie quiere creerlo, todos siguen «disfrutando del olor del periódico en la mañana»… pero luego consultamos todas las noticias en la web. Las ventas y la difusión bajan y los diferentes cabeceras lo tienen cada vez más difícil para sobrevivir, pero nadie se atreve a certificar la muerte del negocio de la prensa tal y como lo hemos conocido.

Si a cualquiera le hubieran preguntado en 1990 si podría imaginarse un mundo sin Kodak la respuesta sería que no. Hoy no es necesario que lo imaginemos, casi estamos viviendo en él. Si ahora me preguntan si imagino un mundo sin periódicos, diré igualmente que no. Sobrevivirán como un apéndice de la industria digital del periodismo. El papel es un soporte ideal, barato y perdurable, pero ya no puede ser el soporte principal de la información.

Cuatro ideas sobre el cierre de Megaupload

Ahora que ya han pasado unos días desde el cierre de Megaupload y todas sus páginas derivadas por parte del FBI, es el momento de hacer un análisis en frío de lo que esto supone. Hay quien lo considera el primer disparo de la próxima ciberguerra y para otros es simplemente, meter en la cárcel a unos cuantos chorizos. Como siempre, nadie tiene la verdad absoluta pero sí hay una serie de ideas que podemos sacar del cierre de Megaupload:

  • Alguna razón hay para sospechar de Megaupload. Nadie apoya a los que se lucran mediante el tráfico de archivos protegidos por derechos de autor y la actitud de Kim ‘Dotcom’, que incentivaba a los uploaders y vivía entre lujos extravagantes, no ayuda a que sintamos simpatía por él. Ahora será un juez quien determine si su actividad era ilegal o no, que es cómo debe ser.
  • El cierre de Megaupload es un mazazo para los defensores de la cultura libre y da un argumento muy poderoso a quienes quieren seguir como hasta ahora. Desde el pasado día 19, es mucho más difícil defender sistemas de intercambio de archivos, el almacenaje en la nube o la eliminación del DRM. No olvidemos que la internet que conocemos hoy en día está basada en el software libre y en compartir y enlazar información sin restricciones.
  • Sienta un precedente muy peligroso. ¿Qué ocurre con otras compañías de alojamiento de archivos como Sendspace o Rapidshare? ¿O con otras más especializadas en almacenaje en la nube como Dropbox o Minus, o incluso con las dedicadas a compartir documentos como Scribd o Slideshare? Los usuarios ahora ya no tenemos garantías sobre nuestros archivos alojados en la nube y menos si Estados Unidos sigue actuando como sheriff mundial, con esa mentalidad de frontera tan norteamericana.
  • No va a conseguir nada. ¿Realmente alguien cree que, por ejemplo, va a subir la venta de discos por el cierre de Megaupload o que la gente retornará a las salas de cine en masa? Quienes no tenían intención de pasar por caja seguirán sin pasar por caja y aquellos que pagan seguirán haciéndolo. Mientras no haya alternativas legales, asequibles y con una experiencia de usuario razonable, no se podrá invertir esa tendencia.

Videojuegos gratuitos: el modelo Freemium

Llevo ya unos cuantos días reenganchado al Lord of the Rings Online, también conocido como LOTRO, explorando de nuevo los parajes de la Tierra Media y retomando un juego que abandoné a primeros de año. ¿Por qué he vuelto? Porque ha pasado a ser gratuito, siguiendo a otros juegos de su género (MMORPG), y confirmando una tendencia para juegos y aplicaciones, el modelo freemium, que será uno de los más importantes en el futuro, y voy a explicar por qué.

 

La industria del videojuego es una de las más prósperas en todo el mundo y los segmentos que más están creciendo son online ambos, los juegos casuales con publicidad y los juegos de rol masivos multijugador gratuitos. En ambos casos, el acceso al videojuego es sin coste alguno (en todo caso, el tiempo que tardes en registrarte, descargar el cliente e instalar el juego) y ofrecen una serie de servicios básicos a cambio de nada. ¿Cómo pueden ser rentables entonces? Mediante microtransacciones, pequeños pagos puntuales por ciertos elementos de juego, desde mejoras cosméticas hasta paquetes de misiones o zonas exclusivas.

Esta modalidad se denomina freemium, al combinar lo mejor de un modelo gratuito (free) y otro de pago por contenidos (premium). En el mundo de los videojuegos, ha servido para rescatar algunos MMORPG que no han alcanzado la rentabilidad siendo de pago, como Dungeons and Dragons Online o, en el caso de LOTRO, para ampliar su población de jugadores después de tres años y vivir una «segunda juventud». Otros juegos como Champions Online también han anunciado que pasarán a ser gratuitos, y otros como Guild Wars apostaron por este modelo directamente desde su concepción.

En cuanto a los juegos casual, Farmville es el rey indiscutible, tal y como hablamos hace unos meses, aunque hay otros competidores como Mafia Wars, Texas Hold’em Poker o Nightclub City. Todos estos juegos están integrados en Facebook y utilizan también el sistema de microtransacciones para sacar beneficio de sus millones de jugadores, a los que animan a implicar a sus amigos en el juego, aprovechando las conexiones de la red social.

En todos estos casos, el porcentaje de jugadores que realmente gasta dinero en los juegos es mínimo, pero es más que suficiente para que sean rentables, por el volumen de personas que participa en ellos. Si sólo paga un 1% de los jugadores, no es lo mismo que sean 100.000 que 1.000.000; interesa llegar al máximo posible de personas para que ese 1% sea lo mayor posible, y ahí es donde entra la gratuidad. Siendo gratis, ¿a quién no le gustaría visitar la Tierra Media?

El futuro está jugando

Creo que a nadie se le escapa que los videjuegos son la forma de entretenimiento preferida en todo el mundo y la última forma de arte que habría que añadir a la lista, con su propio museo creado recientemente. Algún purista se estará arrancando las vestiduras ante estas afirmaciones, pero para la gente de mi generación, que pasamos la treintena, es tan sólo la lógica evolución de algo que hemos vivido desde pequeños. Y no me refiero a que hemos vivido el ascenso y la caída de los salones recreativos y el nacimiento y evolución de las consolas, si no a que hemos sido los primeros que empezamos a jugar desde pequeños y ya nunca paramos de hacerlo.

Como no podía ser de otra forma, que seamos unos jugones incurables es una ventaja para muchas empresas que ofrecen todas las posibilidades de ocio imaginables. Ya hablamos en su momento del éxito de Farmville, que ha llevado el placer de jugar a muchos usuarios/as que no lo conocían o lo habían olvidado. Cientos de juegos intentan duplicar su éxito, pero todavía ninguna ha superado al heredero de SimFarm y el hecho de tener tal cantidad de juegos disponibles es sin duda un valor añadido para Facebook.

Hace tan sólo 15 años, este hecho no tendría sentido y ninguna empresa, excepto las dedicadas al mundo del ocio, pensaría siquiera en añadir juegos a su experiencia de usuario. Pero eso ha cambiado gracias a nuestra generación y las que han venido después, que no han parado de jugar. La penúltima sensación del momento en redes sociales, Foursquare, es básicamente un juego que utiliza la geo-localización del usuario/jugador para interactuar con sus amigos y ganar puntos y medallas por diferentes logros.Y la tendencia en el futuro será ir incorporando elementos jugables y de competición en toda nueva aplicación, red social o iniciativa. Jugar está en la naturaleza humana, al fin y al cabo, pero es ahora cuando el juego empieza a ser tomarse en cuenta como un valor añadido. El siglo XXI va a ser un siglo muy jugón en el que la economía virtual va a tener un gran peso y ofrecerá grandes oportunidades para los que aprovechen primero estas nuevas realidades.

El tiempo es oro…

… y en la sociedad de la información y las nuevas tecnologías, más que nunca. De ahí que la economía de la atención se haya convertido en el nuevo paradigma a aplicar. Acuñado por Michael Goldhaber, el término «economía de la atención» implica que en un contexto de sobreabundancia de información, el bien más preciado pasa a ser la atención del usuario y es en ese punto cuando se valora no sólo las páginas que visitamos, sino cuánto tiempo pasamos en ellas y a dónde vamos desde allí.

De ahí que, dentro de las tres D, la Diferenciación sea crucial. En la jungla de Internet, sólo los que puedan ofrecer un valor distinto a lo que ofrezcan los demás podrán destacar y conseguir seguidores. El concepto seguidor no se limita aquí a que alguien siga tus informaciones o, en el mundo no virtual, compre tu publicación o escuche tu radio. El seguidor es el usuario que se identifica con y participa en tu web, además de esperar tus actualizaciones y tener en cuenta tus recomendaciones. El seguidor, por tanto, no es un sujeto pasivo sino activo, con el cual interactúas y recibes un retorno constante de tus acciones.

Hay muchos blogs que se sustentan de sus seguidores, y no me refiero a beneficio económico, sino al beneficio de la interacción entre el creador y sus seguidores, que motiva al creador a continuar aunque no se gane la vida con ello. Cualquier medio de comunicación o empresa que quiera triunfar en internet hará bien en cuidar a sus seguidores, por eso cobra tanta importancia la ORM (online reputation management, gestión de reputación online) o la figura del community manager, y esto es así por que en la economía de la atención, los seguidores son el nuevo share, como pueden corroborar los usuarios de Twitter, o Google, que también ha implementado esa función en Blogger.

El mejor negocio del mundo: vender aire

O como se dice hoy en día, la economía virtual, vender algo que no existe. ¿Se acuerdan de Second Life? Puede que ya no salga tanto en los medios, pero parece que el universo-juego de Linden sigue dando pingües beneficios. Second Life fue un pionero en la economía virtual, pero no tiene nada que ver con el fenómeno de Farmville.

 

No vamos aquí a hablar de las cifras mareantes del juego, con millones de usuarios que invierten cientos de millones de horas en sacar adelante sus cosechas. Otro día hablaremos de lo que suponen las redes sociales en cuanto a posibilidades de comunicación y (sobre todo) de marketing, pero a nadie se le escapa que los creadores de Farmville, Zynga, tienen en sus manos la proverbial gallina de los huevos de oro. Han sabido crear un producto que ha enganchado a millones de personas, con lo que eso supone de posibilidades para acciones publicitarias, mappings de targets específicos, microtransacciones… Y todo eso basado en vender aire, aunque no es estrictamente cierto, ya que Farmville es gratuito. Pero no los objetos in-game, con lo que la puerta está abierta (y se ha cruzado ya) a ofrecer dinero del juego por acceder a los banners publicitarios. Y eso sólo es el principio… ¿Cuánto tardaremos en tenerlo para móviles?

Incluso en el convulso panorama económico actual, Farmville es un ejemplo de cómo una idea sencilla (que no simple) y bien ejecutada puede triunfar mediante la gratuidad y el boca a boca, y con un poco de suerte, alcanzar la masa crítica que permita al producto seguir funcionando aunque haya pasado su momento de mayor exposición mediática. No sé si Farmville ha alcanzado ese punto, pero ya triplica el número de usuarios de Twitter, así que no debe quedarle mucho…