Políticos y periodistas, condenados a entenderse y enfrentarse

La relación entre políticos y periodistas siempre ha sido algo tirante, tensa incluso, pero en los últimos tiempos se ha llegado a niveles que huelen a guerra soterrada entre dos profesiones que se necesitan. Véase por ejemplo la tendencia a mandar comunicados y realizar declaraciones sin preguntas que han aprovechado sin rubor políticos de uno y otro signo. Esta costumbre de no someterse al escrutinio de los periodistas menosprecia al gremio, convirtiéndolo en mero transmisor del mensaje del día y, con toda lógica, cabrea al profesional, que no puede realizar su trabajo en condiciones.

Desde el punto de vista de la comunicación, puede llegar a ser hasta contraproducente. Cualquiera de nosotros puede nombrar figuras políticas de cualquier partido que no tienen ninguna aparición pública y permanecen desaparecidos incluso cuando se les solicita, pero que luego son los primeros en salir a la palestra cuando el tema perjudica a otro partido o les puede aportar réditos políticos. Aunque no llegue esa percepción a la opinión pública, la profesión periodística sí lo percibe y, a la larga, puede convertirse en un problema de imagen díficil de corregir.

Esta tendencia no se limita únicamente a declaraciones y comunicados. Hoy día, es una práctica común para todos los partidos ofrecer señal realizada de sus mítines y eventos. Algo que empezó para poner un poco de orden en el caos que supone organizar un gran evento se ha convertido en una forma de controlar la imagen que aparece en el telediario, limitando la capacidad de los medios gráficos para transmitir la noticia. En este caso, no es algo tan extremo como puede parecer por esta descripción, pero sí es un síntoma del miedo al mensajero y la tendencia a controlar el continente, además del contenido, del mensaje.

Pero en todas partes cuecen habas y la profesión periodística también tiene prácticas que, jugando a abogado del diablo, no ayudan tampoco a la buena relación entre políticos y periodistas. La distribución de los medios en España en grandes grupos de comunicación provoca que, en muchas ocasiones, las prioridades periodísticas cedan ante las prioridades empresariales y que la imparcialidad sea prácticamente imposible. Todos conocemos la tendencia de cada medio de comunicación, más o menos explícita, y esa tendencia permea las acciones del periodista, siempre, y es inútil negarlo.

Por ello, cuando un político de un signo determinado responde a las preguntas de un periodista perteneciente a un grupo de signo contrario, existe una predisposición en ambas partes que no es buena para nadie, a pesar de la relación personal que haya entre ellos, por muy buena que sea. Y es mucho peor cuando hablamos de periodistas-estrella, aquellos que gozan de un estatus elevado dentro de la profesión y/o su grupo de comunicación. Por supuesto, los periodistas-estrella son profesionales como el que más y han alcanzado esa posición a base de mucho trabajo y esfuerzo pero existe el riesgo de que se les suba a la cabeza y ejerzan el periodismo arrogándose la verdad desde posiciones de prepotencia.

No hay soluciones aparentes para ninguno de los problemas que he expuesto en este post, pero sí hay un antídoto. Para que un ciudadano esté plenamente informado sobre estos asuntos, a pesar de los controles o parcialidades que se ejerzan desde un lado u otro,  hay que utilizar el mayor número de fuentes posible. No basta con leer el periódico o escuchar la radio afín a tus ideas, si quieres hacerte una imagen completa de la realidad, tienes que consultar otros medios, incluso los que no te gustan. Sólo conociendo el mayor número posible de enfoques se puede conseguir ver el cuadro completo o, al menos, gran parte de él.