Contra el periodismo objetivo e imparcial

Quizás no lo consiga pero voy a intentar explicar por qué estoy en contra del periodismo objetivo e imparcial. Para empezar seguramente muchos de los que juran por esos valores deberían ver su definición en el diccionario; pocos medios, por no decir ninguno, pueden presumir de objetividad o de imparcialidad. Lo escribí no hace mucho en el blog, los medios se han politizado y ya no existen medios imparciales e objetivos si es que alguna vez los hubo.

Todos saben lo que es un periodismo objetivo: conseguir los dos lados de cada historia, igualdad de tratamiento informativo. Como idea, impresiona, pero para el que quiere saber de verdad qué coño pasa, tiene sus carencias. Lectores, espectadores, oyentes… quieren equidad, no un reparto igualitario. Si para construir un artículo periodístico tan solo basta con poner entrecomillados del que está a favor y del que está en contra, no hacen falta periodistas.

La objetividad es un artificio explotado en monopolio por el periodismo, ayudado y alentado por estudiosos y académicos. Ya está, ya lo he dicho.

La prensa diaria se apropió de la objetividad después de la Segunda Guerra Mundial. Antes de eso, los periódicos tenían más opinión, eran más partisanos. Los periódicos se elegían por su tono tanto como por cualquier otro motivo. A medida que la prensa dominaba el panórama mediático de las ciudades, los editores empezaron a sentir el peso de la responsabilidad. A menudo, eran el único arbitro de las noticias, los guardianes de la puerta, los gatekeepers. Por eso, decidieron que poner un micro, literal o imaginario, en frente de los puntos de vista opuestos le diría a los lectores lo que necesitan saber. Tenían que ser «objetivos». Se equivocaron.

Pero esa ficción pasó a todos los medios de comunicación de masas del siglo XX: radio, televisión y ahora internet, como el gran canal multicanal que los absorbe a todos. Y los medios de comunicación, particularmente la prensa escrita, empezaron a estar tan próximos al poder que hoy ya muchos los consideran un mero apéndice. ¿Qué credibilidad pueden tener los grupos de comunicación de este país (o de cualquiera) cuando están pendientes de mendigar subvenciones o que el Gobierno de turno les conceda nuevos canales? La objetividad es imposible, pero es que lo fue desde un principio.

 

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