Cuando las fotografías eran tesoros

Noche de elecciones de 1948 en el San Francisco Chronicle, del archivo del San Francisco Chronicle via www.newspaperalum.com

 

En los últimos días, Newspaperalum  (podéis acceder a través de Enlaces de interés, arriba a la derecha) está publicando fotografías antiguas de redacciones y periodistas en el siglo pasado, un ejercicio de memoria histórica que debería ser más habitual en la profesión. Viendo esas fotografías, me viene a la mente cómo ha cambiado la tecnología fotográfica en los últimos años y cómo nuestra percepción ha cambiado a su vez.

En lo que se refiere a tecnología, los avances de la ultima década han sido brutales. La popularización de los smartphones con cámara y las cámaras digitales han hecho que hoy se tomen más fotografías que en todo el tiempo desde su invención. Existen aparatos increíbles, capaces de tomar ráfagas de 999 fotografías en poco más de un minuto, una cantidad inaudita para un aparato destinado al mercado doméstico. Las cámaras de hoy en día son, sin ninguna duda, mucho más potentes y mejores que las de antes, pero hay una cosa que se ha perdido. Se ha perdido la magia.

Antes, las fotografías eran un tesoro porque eran raras. Las cámaras fotográficas costaban mucho dinero y el proceso de hacer una y revelarla era muy caro comparado con los estándares actuales. Por todo ello, tener una fotografía significaba mucho, era tener un recuerdo atrapado en el tiempo para siempre, capaz de activar memorias casi olvidadas. Hoy eso ha cambiado por completo.

Se suele decir que los niños de hoy en día tienen más fotos de su primer año que sus padres han tenido en toda su vida, y es muy cierto. Las fotos se han hecho algo tan abundante que han perdido su importancia casi por completo. Flickr, Instagram, Pinterest… son sólo algunas de las redes que han hecho de esta multiplicación de la fotografía su razón de ser, convirtiéndose en el repositorio de nuestra memoria colectiva. Y en esta nueva abundancia (5 mil millones de imágenes sólo en Flickr a noviembre de 2010) destacan aún más los buenos fotógrafos, porque, reconozcámoslo, el 90% de las fotos que tiramos son malas. Por suerte, queda ese 10% de fotos extraordinarias.

A pesar de eso, es un cambio de mentalidad que, visto en perspectiva, da un poco de pena. El conservar como oro en paño una vieja fotografía, arrugada y amarillenta, es algo que las nuevas generaciones no van a conocer y, aunque no es necesariamente malo, sí produce tristeza, la tristeza de ver que las cosas han cambiado para siempre. Y con el tiempo, nadie echará de menos esa sensación porque no la habrán vivido nunca. Sólo quedarán viejas fotografías en blanco y negro que suscitarán curiosidad, pero nada más.

 

 

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